PAISAJE SONORO


soundscape
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Por: Escoitar.org
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Los sonidos funcionan como elementos de cohesión o de diferencia. Las culturas poseen sus propias acústicas a partir de las que se crea una red de significados, una relación en la cual se solapan sonidos «útiles» y «residuales» construyendo una identidad aural, una conciencia de pertenencia a uno o a varios grupos, en un entramado de realidades transversales en las que se funde memoria y presente conformando un paisaje sonoro que funciona como un sistema
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A lo largo del siglo XX se ha ido fomentando, más allá de los sonidos significativos y organizados, una sensibilidad que evoluciona hacia otras sonoridades presumiblemente irrelevantes. Si bien esta expansión aural se manifestó primero en las premisas experimentales de las vanguardias futuristas seducidas por aquellos novedosos ruidos que se hacían notar no sólo en “las atmósferas fragorosas de las grandes ciudades, sino también en el campo” (Russolo 1913), pronto irá marcando una línea de acción que pasa por la escucha o recreación estética -psicológica o tecnológica- del acontecimiento sonoro, como por el estudio sistemático de todos los “ruidos” que nos acompañan.
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un importante campo de investigación transdisciplinar que gira entorno a una epistomología sonora y que propone la necesidad de replantearse muchos de los criterios que hasta ahora se habían tenido en cuenta
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Los trabajos pioneros realizados, principalmente, en la ciudad de Vancouver por el World Soundscape Project o las propuestas del laboratorio del Cresson centrado en el estudio del “espacio sonoro y el entorno urbano” son sólo algunos ejemplos de este deseo de comprender y “no juzgar un sonido en particular como bueno o malo, si no de ver el patron que sigue” (Truax 2001).
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Asumir esta posición flexible es la única manera de superar los aspectos meramente cuantitativos que aun imperan en los “mapas de ruido” y poder elaborar otras cartografías cualitativas y emocionales. Partir de esta actitud podría colocarnos en un nuevo punto de escucha ayudándonos a ampliar el espectro de análisis para así comprender las relaciones que existen “entre entorno acústico/auditivo y las respuestas y el comportamiento característico de la gente que vive en él” (Positive Soundscapes).
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El concepto de espacio posee, en la mayoría de los casos, cierto carácter neutro, como “contenedor de toda la materia existente” (”Espacio” en RAE). No obstante este carácter abstracto siempre está mediado por la percepción que tenemos de él. El espacio, ya se modifique, material, social, individual o culturalmente, adquiere forma a través de una experiencia multisensorial en la que nuestra escucha participa de forma determinante contribuyendo a la creación del sentido de lugar.
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De este modo el espacio se convierte en lugar como resultado de diferentes procesos de sedimentación y de construcción, presencia y memoria, como consecuencia del discurrir histórico. Un lugar es entonces un espacio que ha adquirido un sentido ya sea personal o colectivo, es un espacio nombrado, representado e identificado por aquellos que viven en él y su carácter sonoro reponde a diferentes factores que tienen que ver tanto con la configuración acústica como con los sonidos que en allí se producen.
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Así la orografía, el clima o las construcciones son algunos de los agentes que influyen de manera decisiva en como suena cada espacio particular, ya que el sonido, tal y como llega a nuestros oídos, es la suma de las vibraciones procedentes de la fuente que lo emite y de las características del espacio en el que se produce. Esta es la principal razón por la que las cualidades acústicas de los espacios construidos han sido, en mayor o menor medida, una preocupación constante en la historia de la arquitectura, desde el diseño de los teatros griegos hasta la edificación de los grandes auditorios actuales. Pero incluso, al margen de esta sofisticación arquitectónica, todo parece apuntar a que ciertas sociedades orales/aurales, como la cultura Pueblo Acoma en Nuevo México, decidían el enclave de un nuevo asentamiento allí “donde el eco sonase mejor”, tal y como deducimos de sus relatos mitológicos, abriendo nuevas vías de investigación en ámbitos como la arqueología que, desde el análisis profundo de las relaciones existentes entre sonido, cultura y espacio, ha planteado la hipótesis de una posible relación entre las cualidades acústicas de un lugar y la ubicación de yacimientos pétreos y rupestres.
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El conjunto de sonidos que nos rodean forman lo que podríamos calificar de “paisaje sonoro” siguiendo el concepto (Soundscape) acuñado por los miembros del World Soundscape Project a finales de la década de los 60. La finalidad de este proyecto que se centró en la escucha comprensiva de los sonidos ambientales era “investigar el desarrollo histórico del sonido, proponer una metodología flexible que se pueda aplicar a medio ambientes específicos en cualquier lugar y, en consecuencia, participar en la interpretación del paisaje sonoro mundial como un todo” así como el “reconocimiento y preservación de los sonidos importantes y socialmente significativos, de los sonidos antiguos o del pasado reciente en vías de desaparición, la recopilación de información transcultural sobre preferencias y fobias sonoras individuales, así como sobre los diferentes comportamientos asociados a la producción sonora” (Langlois 1974). Esta propuesta del grupo de investigadores de la Universidad Simon Fraser (Vancouver) liderado por Barry Truax, Hildegard Westerkamp y Murray Shaffer vino así a dotar de un discurso científico y social a toda una serie de sensibilidades contemporáneas que hasta ese momento se habían manifestado, casi exclusivamente, en los círculos de la música y el arte contemporáneo.
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En este contexto será el libro del propio Murray Schafer The Soundscape, publicado por primera vez en 1977, el primer intento por articular una disciplina sonora que, alejada, al menos en principio, de criterios estéticos, proporcionase herramientas para el análisis de un paisaje sonoro partiendo de su descomposición en elementos. La intención última de este trabajo era articular el Diseño Acústico como “una interdisciplina en la que músicos, físicos acústicos, psicólogos, sociólogos y otros estudiarían juntos el paisaje sonoro del mundo para poder hacer recomendaciones inteligentes sobre su mejora” (Schaefer 1994).

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